Es propio de niños y niñas que o bien no podían contar con sus figuras de apego (por no ser hábiles para dar cuidados, afecto y validación o por estar “muy ocupadxs”), o bien niños o niñas que han percibido que había muchas expectativas sobre ellxs (progenitores muy estrictos, por ejemplo), o que han tenido que hacerse cargo de roles adultos (cuidar de hermanxs pequeñxs, o de un progenitor enfermo), o que se han sentido que son una carga y ello les lleva a desarrollar una autonomía e independencia prematura. Sienten miedo a decepcionar o a molestar y ello les lleva a no ser ellxs mismxs, a no mostrarse, no abrirse y distanciarse de lo sentimental. En su vida adulta pueden parecer autónomxs y segurxs, pero no se muestran disponibles en lo emocional. Tienden a evitar la intimidad, a tener dificultad a la hora de expresar sus sentimientos, a no confiar en los demás, a demandar mucho espacio personal y alejarse del compromiso, como una forma de evitar el sufrimiento que les provoca el sentir que sus figuras de apoyo no van a estar disponibles (miedo al rechazo). En caso de ruptura, la tendencia es que les es fácil salir de la relación ya que en muchas ocasiones ya tenían un pie fuera de la misma, desde el inicio, o serán ellxs lxs que la abandonen de forma prematura, para no sufrir por sentirse “rechazadxs”.